ARTÍCULOS DE OPINIÓN: 2017 – 2018

ÚLTIMOS DEPARTAMENTOS

De repente parece que en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo se ha despertado una antigua interrogante: ¿Para quién es la ciudad que construimos como sociedad?

Esta interrogante está renovada en las ricas conversaciones de pasillo de estas últimas semanas entre docentes, en parte motivadas por la fresca visita de David Harvey a la Universidad Central del Ecuador para plantear un marco conceptual que explica la producción del territorio basada en un complejo sistema capitalista que él define como un “espiral infinito” de reproducción del capital, acumulación y especulación. Esta conversación crítica renovada también se alimenta de algunos aportes docentes en varios eventos (Habitat 3 Alternativo, Semana de la Arquitectura 2016, El que Busca Encuentra, entre muchos otros) durante los últimos años y del naciente proceso doctoral en los que se encuentran algunos de ellos.

Al juzgar por lo que salta a la vista al caminar por las zonas con mejor acceso a servicios de Quito, podemos decir con certeza que la ciudad que construimos está hecha para la reproducción del capital. Parece que atrás quedaron los días en que habitar era el cometido detrás del trabajo intelectual creativo de las y los arquitectos en ejercicio profesional.

Pasamos de pensar en valores (de uso) supra materiales como los anhelos de un residente, la vivienda digna, la justicia, la construcción de comunidad y ciudad, a ser operarios geométricos de valores de cambio, de la eficiencia financiera de flujos inmobiliarios en función de la norma de parqueaderos, lados mínimos e imágenes falsificadoras de un modelo de vida feliz (que nadie puede pagar).

¿Cuántos meses o años más van a pasar ofreciendo los “últimos” departamentos todos esos edificios que ocupan un pedazo de suelo valioso para la sociedad? Esta misma sociedad ahora se ha planteado construir cientos de miles de casas a lo largo de todo el país en asentamientos notablemente inferiores en calidad de vida que los centros de las capitales. Al respecto hay un conocido discurso de la historia reciente, como el de facilitar al constructor su trabajo porque es un creador de empleo, otorgándole facilidades para edificar en la ciudad en grandes alturas. Pero hay otros discursos paralelos desde las mismas figuras políticas que revelan una contradicción, como el de hacer miles de casas baratas en terrenos públicos en zonas alejadas, posiblemente pensadas para esos mismos obreros de las construcciones centrales y al mismo tiempo hablando de controlar el crecimiento de la huella urbana.

Ese modelo de ser humano que está detrás de los ‘renders’ corporativos de las inmobiliarias, ese ser urbano mítico forjado a raíz de la urgencia de crear una demanda para esa oferta novedosa de suites minúsculas con dos estacionamientos, ese tipo de gente, no existe.

¿Es realista una escuela que enseña a diseñar edificios pensados para la acumulación capitalista de las empresas inmobiliarias? No. La utopía capitalista de la que nos recordaba Harvey esta tarde en la Universidad Central del Ecuador es la que está guiando este proceso que él llama un infinito espiral de desigualdad, y las imágenes y la estética asociada a esa producción capitalista guían ciertos ejercicios de diseño en la facultad.

¿Es necesario seguir enseñando esa utopía de edificios capitalistas que en la práctica están eternamente al arriendo, desocupados de habitantes? Tal vez sí. Hay que seguir haciéndolo siempre y cuando por otro lado se sigan enseñando otras utopías, utopías que no alienan al residente, espacios basados en el rescate del sistema de valores de uso del lugar, espacios no diseñados para engordar el bolsillo del promotor inmobiliario en el menor tiempo posible. Por lo menos entre utopías una ya probó estar supremamente equivocada en cómo construir un hábitat digno. Es necesario que un estudiante y un arquitecto ya formado tengan la oportunidad de ver de cerca la danza financiera y geométrica, entre el flujo económico en excel de una tasa interna de retorno y el frío plano de AutoCad que reproduce adornos de moda para que luego sepa descubrir sus contradicciones mediante ejercicios de diseño crítico, cuando la norma y el flujo financiero no dicten nuestro trabajo sino la responsabilidad con la sociedad y las injusticias urbanas.

Patricia Palacios, docente de nuestra facultad, en un acertado comentario desde la silla de un auditorio nos decía que la responsabilidad de los profesionales de la academia es la de codificar y revelar para los estudiantes la violencia territorial.  Y como ella, muchos otros docentes han comenzado a cuestionarse el significado social del oficio de arquitectura.

Andrés Cevallos
andrescevallosblog.wordpress.com, 20 de julio del 2017

ENTRE LA PRÁCTICA DE LO REAL Y LA FANTASÍA

La práctica de la arquitectura siempre se moverá entre los mares de lo objetivo, subjetivo, del ego o de la envidia. Estar inmerso en esta profesión requiere de creatividad e innovación en cada línea que se traza pero, paralelamente, realidad y humildad para aceptar que cualquier proyecto va a estar inmerso dentro de un contexto físico – social al cual se debe responder y mejorar.

La arquitectura históricamente, ha sido considerada como uno de los componentes principales ligados a la producción de la ciudad, teniendo la capacidad de ir construyendo su morfología y conectando las realidades humanas con el entorno construido. Sería imposible pensar que su práctica deba estar aislada de las complejidades y hechos políticos, económicos y sociales de la ciudad; encerrado en una burbuja y viviendo “una realidad” que sólo responde a la relación creador – cliente o sólo creador.

En los últimos años, vallas inmobiliarias ha aparecido en el norte y los valles de Quito, con imágenes que invitan a participar del estado de bienestar que podría alcanzarse si se adquiere un departamento dentro de proyectos ubicados en los sectores de más alta plusvalía y creados por reconocidos arquitectos y diseñadores.

Uno de esos, incluye el atributo arquitectónico “solidario” de liberar la planta baja para que el ciudadano tenga espacio para recorrer el ícono con libertad y contemplar la magna obra.

En qué momento la práctica de la arquitectura se separó de la realidad de nuestra ciudad, de sus barrios y de su planificación, despegando hacia un mundo fantástico y encapsulado en una burbuja donde el concepto de desarrollo urbano sostenible es totalmente reemplazado por atributos arquitectónicos y de mercado.

La práctica de la arquitectura no es una marca, un ego, un mercado, que transforma la disciplina en íconos o ídolos. La arquitectura no debe olvidar la ciudad, lo propio, lo social como primordial y cuyo objetivo debe ser el bienestar de todos los usuarios dentro de un hábitat inclusivo, seguro, diverso y digno.

Bernardo Rosero Moncayo
Diario El Comercio, 26 de mayo del 2018

DEROGAR Y RETROCEDER…

Empezamos octubre del 2018 durante el cual la ONU establece dos hitos, el Día del Hábitat y el Día Mundial de las Ciudades, con el objetivo de recordar la “era urbana” que vive el planeta y la importancia, para el desarrollo sostenible, de conseguir ciudades más inclusivas, accesibles y donde todos tengamos el derecho a su disfrute pleno.

El Ecuador se ubica dentro del continente más desigual del mundo, donde la acumulación de la riqueza convive sin mayor problema entre la segregación socioeconómica y espacial y un entorno económico y político de alta volatilidad; sumado a lo anterior, en los últimos 30 años el país ha sufrido una “explosión urbana” provocando que el 63.4% de la población viva en el área urbana, generando complejidades socio – espaciales negativas que han ido perfilando las ciudades ecuatorianas.

Ante este escenario, el país ha tenido importantes avances en el ámbito normativo e institucional y ha incluido el desarrollo urbano sostenible en la Constitución, en leyes y códigos orgánicos, e incluso en la planificación financiera del Estado. Lo anterior se afianzó en el 2016 con la publicación de la Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial, Uso y Gestión del Suelo, normativa específica que nutre a las municipalidades de herramientas operativas para abordar sus problemáticas y los desafíos fundamentales de producción de suelo urbano y vivienda adecuada, el uso equitativo, eficiente y sustentable del suelo y la consolidación de la gobernanza democrática y gestión de las ciudades y asentamientos humanos.

La aplicación de la LOOTUGS obliga a los municipios a asumir sus competencias y responsabilidades frente a la planificación y gestión del suelo que aseguren el bienestar de su población. La derogatoria de esta ley, como se lo plantea desde un grupo de Asambleístas, significa un retroceso para el desarrollo urbano sostenible en nuestro país, eliminando la mejor legislación urbanística de la región en materia de derechos fundamentales y perpetuando prácticas como la especulación del suelo y la segregación socio – espacial, mientras las administraciones siguen mirando a otro lado.

Bernardo Rosero Moncayo
Diario El Comercio, 6 de octubre del 2018